viernes, 22 de junio de 2007

Guerreros y pacíficos

Es corriente en ciertos círculos informados hablar de los pacifistas como de unos estúpidos. No sólo porque parece demasiado evidente que cualquiera prefiere la paz a estar en guerra, algo que ya dejó muy bien sentado Hobbes en Leviatán, sino porque es cierto que los pacifistas han hecho cosas estúpidas y muy extrañas. Por ejemplo, el primer ministro británico Chamberlain acudió a Munich a firmar la paz con Hitler en 1938, un año antes de que Hitler se decidiera a invadir Polonia y comenzara la guerra que tanto se había querido evitar. En 1938, Hitler ya había invadido el Rhur, se había anexionado Austria, había abandonado la Sociedad de Naciones (antigua ONU) y preparaba la ocupación de Checoslovaquia: precisamente ésta última fue vendida por Chamberlain y Daladier, que querían la paz a toda costa, en Munich.
Pero no hace falta irse al extremo del caso hitleriano. También tenemos nuestros ejemplos de andar por casa. No hace falta más que pensar en el diálogo por la paz mientras resonaba el atentado de Barajas (ese atentado sin víctimas), e incluso la llamada Alianza de Civilizaciones, que los pacifistas en general consideran valiosa a pesar de que manifiesta como punto de partida no tanto la supuesta ingenuidad del pacifismo sino algo mucho más sorprendente: la aceptación de que las civilizaciones son sustancias individuales y separadas de las que sólo puede esperarse que choquen (Huntington, ese ser tan despreciado por el pacifismo español y norteamericano, parte de esta premisa en su conocido libro El choque de las civilizaciones) o que se "alíen"; detrás de esta aceptación late no sólo el multiculturalismo herderiano, sino la teoría de Schmitt de que la verdad de la política se encuentra en la muy guerrera distinción entre amigos (aquellos con los que nos aliamos) y enemigos (aquellos contra los que luchamos para destruirles).
El mejor y más brillante crítico del pacifismo fue el señor Carl Schmitt, un tipo muy inteligente que se dedicó en la Alemania weimariana y nazi a la teoría del derecho y a la filosofía política. Schmitt se burló magistralmente de los pacifistas. En El concepto de lo político llegó incluso a decir que ellos serían los culpables de la guerra más destructora de la humanidad, la que librarían los pacifistas contra la guerra. Pero en esto Schmitt se equivocó, y no puede decirse que se equivocara inocentemente. Estas palabras las dijo en 1927 mientras él mismo colaboraba con los antidemócratas que acabarían con Weimar. Pocos años después, la guerra más destructora de la humanidad la comenzaron aquellos que, como él, creían en la gloria de la guerra y en la verdad profunda del choque, teoría que se conoce como la del "amigo/enemigo" y que acabo de mencionar más arriba; la comenzaron ellos y no precisamente los pacifistas.
Un aspecto interesante de esta discusión entre guerreros y pacíficos está en distinguir cuidadosamente los argumentos que se utilizan. No es lo mismo recurrir a Hobbes (cuyo estado de naturaleza se componía de individuos egoístas y asesinos, pero que encontraba solución racional en el Estado, producto de un pacto social) que recurrir a Schmitt. Éste último creía haber superado a Hobbes, pero Hobbes es casi insuperable. De Hobbes parten las soluciones de Locke y Rousseau, que le contestan con mayor o menor fortuna; Schmitt es brillante, pero fundamentalmente mentiroso.
Aquellos que somos pacíficos haríamos bien en revisar ciertas premisas de nuestra argumentación. Por ejemplo, yo cambiaría la de la alianza entre civilizaciones por una propuesta de acuerdos civilizados. A mí no me vale en absoluto la idea de que todos tenemos la misma razón, pero sí la de pactar una discusión abierta, libre y pacífica. Este es el único pacifismo posible; pero es posible, por mucho que los guerreros se empeñen en alabar las virtudes del encuentro final, que da con los sesos del enemigo en la puerta.

3 comentarios:

Di Blasino dijo...

Planteas una cuestión extremadamente compleja, porque no hay dos conflictos iguales, ni en sus riesgos ni en sus posibles soluciones; porque la palabra “guerra” se emplea en muchos sentidos y porque tienden a establecerse equiparaciones poco afortunadas entre unas guerras y otras.

Pero quería comentar algo sobre el claudicante papel de las democracias continentales ante el expansionismo nazi –caso muy invocado hoy para justificar las más diversas iniciativas militares. Creo que se analiza desde la tramposa ventaja de quien conoce el devenir histórico y tuvo la suerte de no vivir el terrible momento ni sus sangrientos precedentes. Tras el horror de la Gran Guerra, la razón debía buscar, apenas veinte años después, la forma de evitar la repetición de la experiencia. Si Gran Bretaña y Francia se hubieran rearmado lo más rápidamente posible y hubieran tomado la iniciativa en la guerra contra Alemania, la contienda habría sido parecidamente atroz y nos preguntaríamos hoy si no se precipitaron. Elucubraríamos con la posibilidad de que una política de apaciguamiento hubiera evitado millones de víctimas. Creo que en aquel terrible momento, la libertad y la razón estaban condenadas a sufrir espantosamente, pero no por culpa de sus lógicos titubeos, sino por la de un delirio colectivo dirigido por unos iluminados. La violencia irracional, impulsada por una fuerza descomunal nunca antes conocida, colocó a las sociedades que amenazaba en “zugzwang”: hicieran lo que hiciesen, perdían. Muchísimo. Así fue.
Un saludo.

my blue eye dijo...

En efecto, estoy de acuerdo en que la responsabilidad de la guerra estaba en un solo lado. Sin embargo, tocamos la cuestión del juicio político. Aun comprendiendo los motivos que llevaron a intentar aplazar la guerra, en un momento dado, y desde luego en 1938, estaba claro que la guerra era inevitable. Y esto es así porque tampoco Hitler se molestaba excesivamente en mentir; o sus mentiras eran tan descaradas que pasaban por tales.

Otro tema es el modo en que este ejemplo se utiliza para legitimar intervenciones militares. Por ejemplo, Daniel Goldhagen suele aferrarse al caso alemán para justificar una potencial invasión de Irán. Pero está claro que cada situación exige un nuevo juicio, y que los ejemplos sólo establecen una débil y en algunos casos ilegítima (por manipulada) cadena causal.

Christian dijo...

Querida "My blue Eye". Tu lectura del pensamiento de Carl Schmitt como uno guerrerista está, lamentablemente, profundamente equivocada. Su pensamiento teórico político es realista y no "guerrero" (como calificas su distinción amigo-enemigo). En ningún momento señala él que lo político deba reducirse a la guerra. Carl Schmitt era un pensador más fino. Él no identificaba a lo político con la guerra. Para él, en cambio, la guerra era una posibilidad latente, siempre real, en el campo de lo político. Me permitiré citarlo largamente:

"No hay que entender por lo tanto que la existencia política no sea sino guerra sangrienta, y que cada acción política sea una acción militar de lucha, como si cada pueblo se viese constante e ininterrumpidamente enfrentado, respecto de los demás, con la alternativa de ser amigo o enemigo; y mucho menos aún que lo políticamente correcto no pueda consistir precisamente
en la evitación de la guerra. La definición de lo político que damos aquí no es belicista o militarista, ni imperialista ni pacifista. Tampoco pretende establecer como ideal social la guerra victoriosa ni el éxito de una revolución, pues la guerra y la revolución no son nada social ni ideal. (...). La guerra no es pues en modo alguno objetivo o incluso contenido de la política, pero constituye el presupuesto que está siempre dado como posibilidad real, que determina de una manera peculiar la acción y el pensamiento humanos y origina así una conducta específicamente política." (El concepto de lo político. Madrid: Alianza Editorial, 1999. pp. 63-64).

Y en cuanto a que la peor guerra será la iniciada por los pacifistas, Schmitt no dice eso, sino que las guerras llevadas a cabo o enfrentadas "en nombre de la humanidad" "son necesariamente de intensidad e inhumanidad insólitas" (op. cit., loc. cit., p. 66). El ejemplo de la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo, a diferencia de lo que sostienes, de ello. Fueron los británicos y estadounideses, quienes se arrogaron la representación de la humanidad durante dicha guerra, las que escalaron su intensidad a niveles hasta entonces inimaginables (los feroces bombardeos sobre ciudades alemanas y japonesas respectivamente).

Bueno, eso es todo, y te felicito por tus vacaciones en Cuba, a mí también me gustaría conocer la isla y broncearme un poco :).

Saludos desde Lima, Perú.