Después de todos estos días, vuelvo para decir bien poco. Por un lado, sabemos que Ségo perdió, pero que ganó a 17 millones de votantes; Sarkozy a 19. No está mal para sentir esa sana envidia del país vecino, capaz de lo peor (chauvinismo, etceterá) y de lo mejor (derechos del hombre y del ciudadano, pasión por la política, la Comuna de París, qué sé yo).
Por otro lado, me atrevo a homenajear a la dulce y enérgica Agnes Heller, que ayer dio una conferencia sobre el mal radical y la modernidad en Madrid. Sólo diré que Heller deja en bragas a Hannah Arendt, pero esto lo dejo para comentarios posteriores. En el turno de preguntas le puso la puntilla a la alemana tan respetuosa como demoledoramente. Vaya, le quitó todo el peso a una de las mejores obras de ficción del siglo XX, Eichmann en Jerusalén, que hoy disfruta de la panza llena del prestigio que en el año de su publicación (1963, si no recuerdo mal) tan injustamente se le negó.
Por lo demás, ya tengo proyecto de investigación para el verano, una vez deshecho el entuerto de la insidiosa tesis. Comparación de dos obras: Camino de servidumbre, de Hayek, frente a La gran transformación, de Polanyi. O la confrontación de liberalismo y antiliberalismo despojada de misticismo comunitario o político. A la vez, las que tal vez sean las únicas opciones políticas dignas de interés (comparativo, al menos): liberalismo y socialismo. Ya contaré más, pero quien quiera que se anime.



