
Por alguna razón, el lesbianismo de Jodie Foster es algo que los periódicos encuentran interesante, a tenor de la cantidad de artículos que estoy leyendo cada día sobre sus declaraciones. Pero da la casualidad de que ayer volví a ver
El silencio de los corderos, una película que vi con dieciseis años y que me dejó totalmente entusiasmada. Por aquel entonces yo era una fanática del cine, dogmática y terrible: iba al cine religiosamente todas las semanas, en eso gastaba mi paga y, por supuesto, tenía el descaro adolescente de comparar la sala de cine con un templo porque coincidió más o menos con el momento en que decidí que era atea y nihilista, tras la lectura de
Crimen y castigo, de Dostoievski. Cosas de la edad (y qué más da, ja, ja, ja).
Fui al cine con mi madre, que no estaba muy convencida de que aquella película fuera "para niños" pero que se dejó convencer porque mis padres siempre fueron débiles; quedé tan impresionada que volví a verla con mi padre unas semanas después. Y, claro, mi padre era mi compañero de hazañas en esas cosas: no sólo toleraba con cierta ternura mis declaraciones de ateísmo nihilista, también le gustaba compartir el entusiasmo pedante y era tan ingenuo, incluso más ingenuo que yo para ello. Así que compramos la película en vídeo y volvimos a verla muchas veces. Nos sabíamos algunos diálogos de memoria y recitábamos las palabras como lecciones, como lemas de la vida diaria: vuela, vuela, pajarillo, decíamos con una sonrisa cómplice, me comí su hígado acompañado de habas y un buen quianti, ffffffff (ese sonido sibilante era verdaderamente difícil de reproducir), no hay un nombre para lo que él es, Starling, Clarice, dirán que estamos enamorados, ese bolso bueno y esos zapatos baratos, a veces L'Air du Temps pero no hoy, tengo a un amigo para cenar. El tiempo pasó y mi padre ha muerto, pero yo compré la película en DVD, en Edición Especial, aunque en todos estos años no he sido capaz de verla: me la sabía demasiado bien. Las bromas perdieron el aire ingenuo, se convirtieron en puras pedanterías, ya no tenían gracia.
Vi Hannibal y era un desastre. Vi El dragón rojo, que era aburrida. Faltaba algo. Ayer puse de nuevo la película: todos estos años habían servido para desentrenarme y me atenazó como siempre, pero sin que hiciera falta recitar las antiguas lecciones. Michelle Pfeiffer había rechazado la película porque era demasiado macabra; es lógico, lo es, hay pieles rasgadas, tripas que están fuera de la barriga, un hombre tiene a una mujer en un pozo en cuyas paredes hay sangre y uñas rotas, Hannibal es un Caníbal, todo es muy desagradable. Jodie Foster, la niña puta de Taxi Driver, aceptó hacerla. Dicen de ella que es perfeccionista pero fría, quiero decir como actriz. Quien lo dice se perdió esta película, su cumbre: en la primera entrevista con Hannibal, la voz de Clarice tiembla, su cuerpo duda; pero mira a los ojos al hombre para el que no tenemos un nombre, está decidida. Y él lo sabe, por eso le gusta, por eso hay historia. Los corderos llevan berreando todo este tiempo.