viernes, 21 de septiembre de 2007

Canto a las ruinas

Es sabido que Martin Heidegger, el nuevo sacerdote de mayor propagación en las aulas universitarias de filosofía, sostenía un inalterable amor por la provincia y el campesinado, que él concentraba en las aldeas de la Selva Negra y en especial en su pueblo natal, Messkirch. El pueblo es hoy un lugar de peregrinación para todos aquellos jóvenes exaltados ante la contemplación de la raíz del ser y del pensamiento verdadero, o al menos es su lugar soñado, del mismo modo que impúdicamente se deleitan en el nombre de resonancias míticas de Lou Andreas Salomé, la no-amante de Nietzsche. Para los alumnos, Nietzsche es una señal de paso de la adolescencia, una especie de sarampión; pero Heidegger es la entrada definitiva en el círculo de los iniciados, y ya sólo cabe orar y postrarse o salir corriendo, como fue más bien mi caso hasta que me empeñé - quién sabe si equivocadamente, dado el tiempo perdido - en estudiar a su feliz alumna Hannah Arendt.

Hacia el final de su vida, Heidegger no se limitó a defender la aldea alemana contra la ciudad enorme y desarraigada, como había hecho casi desde el principio; sino que le dio a este pensamiento un nuevo giro postmoderno en sintonía con el ecologismo y el multiculturalismo, al atreverse a defender a esas culturas primitivas a las que no habían llegado los coches, la luz eléctrica, el teléfono o la televisión. Frente a la destrucción operada por la técnica moderna y occidental - de la que Rusia y Estados Unidos encarnaban las tenazas, según dijo en Introducción a la metafísica (obra de 1936 reeditada en 1953, si no recuerdo mal) - aquellos pueblos que nosotros llamamos subdesarrollados se mantienen firmes respecto a lo que les es propio y de mayor raigambre. Cada uno debiera quedarse en su pequeña parcela de la tierra, cultivando patata y reparando las tejas del techo, como una forma propia de entrar en contacto con lo que de profundo tiene la existencia. Aunque Heidegger había defendido siempre que el alemán era el único pueblo metafísico - y que, por lo tanto, los otros pueblos le estaban históricamente subordinados - y que la cultura alemana era la única merecedora de tal nombre, no dejó escapar la oportunidad de adherirse a los nuevos principios ecológicos que quisieran salvar la naturaleza del terror del hombre, y con ella a esos pueblos naturales que hemos invadido y a los que algunos pretenden desarrollar. El ecologismo de Heidegger y de sus acólitos ataca, entonces, no sólo la opresión y la explotación de los primitivos y de los países pobres, sino que además, por lógica, reniega de cualquier ayuda de ésas que se ofrecen, tanto por las ONG como por las instituciones gubernamentales, y predica únicamente un cómodo aislamiento sólo concentrado en despreciar la técnica y lo que hoy llamamos "globalización" y una también cómoda estancia en nuestra propia aldea (para quien la tenga, que no es mi caso, ya que nací en la ciudad y que mi herencia se desperdiga por demasiados lugares).

Heidegger se preciaba de haber descubierto pueblos a los que no llegaba aún la luz eléctrica (les propongo leer El olvido de la razón, de Juan José Sebreli). Cuando me dirigía desde La Habana a Viñales en coche, este verano, atravesé carreteras llenas de baches a cuyos lados había casas de madera. Pregunté si eso era Viñales, pero Eris me dijo entre escandalizada y divertida que Viñales "era un poco mejor"; y, en efecto, en Viñales casi todas las casas son de cemento y tienen techo de placa (cemento y cabilla, que es hierro), que es el mejor techo para resistir los huracanes. Las cosas cambian cuando se sale de Viñales hacia los alrededores, porque allí se empieza a ver de nuevo la madera y los techos de teja o, incluso, de paja, si le toca a los menos favorecidos. Un día viajé al campo y hubo que alquilar otro coche americano de los cincuenta, que nos llevó hasta allí. Recorrimos la carretera que serpenteaba entre las montañas de Viñales y luego nos metimos por caminos de grava, hasta llegar a una casa que vivía de lo que allí se plantaba. A la vuelta, vimos más casas sin luz; Eris, uno de los emigrantes que se desplazaron desde lo que para ellos es familiar hacia lo extraño, en palabras de Heidegger, dijo que aquello le daba pena y que ella no podría vivir así, "¿te imaginas?" (añadió). En Viñales hace sólo un año que le dieron teléfono a todas las casas, ¡pero la luz!

No me da la sensación de que haya una sabiduría propia y recóndita en reparar un techo de paja, mayor de la que hay en reparar una placa o un enchufe o en cambiar una bombilla. Cuando se consigue dinero, se repara el techo o se cambia por uno mejor. Sí me da la sensación de que, en cuestiones de sentido común, Eris o cualquiera de aquellos cubanos que conducen un coche por las carreteras o cocinan un cerdo para ofrecérselo a los turistas o limpian la casa con un cubo lleno de agua y jabón o esperan la carta de invitación del país lejano y la entrevista con las autoridades, hay mayor sabiduría que la que hay en uno de esos textos del filósofo de Messkirch.

(La entrada aclarando más a Mill la dejo para mañana o pasado).

4 comentarios:

Irene dijo...

Por lo que leo, Heidegger (como muchos ecologistasmulticulturalesprogreguays de nuestros días), al reivindicar la vuelta a la naturaleza y despreciar las innovaciones tecnológicas capaces de mejorar nuestra calidad de vida, cometía un absurdo en absoluto menor que aquel otro que en cierto modo estaba negando: el implícito en la mitificación decimonónica del Progreso que, sobre todo "después de Auschwitz", se ha revelado como extraordinariamente peligrosa. No lo es menos idolatrar al "buen salvaje" (puedo uno acabar defendiendo el "diálogo de civilizaciones" xD).
De todas formas, tendrás que contarme más cositas sobre Heidegger; me interesa (aunque sea sólo para despotricar contra otro postmoderno más :-P).

Juliiiii dijo...

Yo, como tú, soy carne de urbe, y aunque valore las formas genuinas de vida (la rural, claro), me quedo con mi incivilizada civilización, sobre todo porque no sobreviviría a alimentarme de lo que yo plantara con mis propias manos (por no hablar del techo que me procurara), jejeje.

Comparto esta postura de crítica al intelectual que se posiciona quizás sin ningún rigor o quizás ventajistamente, siguiendo olas de favor o buscando la confrontación.

Me ha parecido un brillante ejercicio de argumentación este post, podría utilizarlo en clase para ejemplificar este tema :)

(Por cierto, nada que ver con el post, pero sí con el tono de tu blog, aunque lo hagas fuera de él o por donde quieras. Me gustaría que valoraras esta entrevista a Adolfo Suárez, sobre todo poniéndola en relación con la actualidad o cercanamante a ella; también si coincide con tus puntos de vista sobre la democracia:
http://www.abc.es/20070923/domingos-domingos/adolfo-suarez-hombre-completamente_200709230716.html

Y ya por último: me sigues debiendo un correo ;)

Di Blasino dijo...

Parece que el pensamiento filosófico, incluso el reciente, está lleno de ocurrencias. Pueblos superiores (como bíblicamente elegidos, no veo la diferencia), bondades esenciales e indiscutibles de un estado del desarrollo tecnológico elegido al azar de un lugar remoto, los paraísos perdidos y los que habrán de esperarnos de los que hablaba el otro día (francamente, como si realmente hubieran existido unos y pudieran existir los otros)... Desde la más deplorable ignorancia en la materia –y en casi todas— y pidiendo disculpas por adelantado: ¿tiene sentido hablar de progreso en la filosofía? ¿O sólo se puede hablar de corrientes en permanente disputa sin conclusiones comunes ni hallazgos? ¿Así lo impone el objeto de su estudio? Comprendo que las preguntas fundamentales de la filosofía sigan abiertas, pero ¿cuántas respuestas pueden seguir mereciendo consideración? Da la impresión de que no hay forma de desprenderse totalmente de ninguna, como si todas terminaran recuperándose en alguna medida llegado un momento histórico propicio.

Es indudable que el conocimiento científico avanza. ¿Y qué dicen de la filosofía los que la estudian?

my blue eye dijo...

Irene, el absurdo era, en mi opinión, mucho mayor que el que lleva a creer en el progreso. Entre el mito del origen y el paraíso perdido, y la utopía del futuro mejor o casi perfecto, sin duda hay que distinguir un aspecto fundamental: el primero era irracionalista o anti-racionalista, la segunda cometía un exceso sobre la base de los avances reales que habían tenido lugar en la filosofía y las ciencias. Por eso, también, es un error confundir a Heidegger con Rousseau, por ejemplo. Uno podrá aceptar más o menos algunas de las ideas de Rousseau sobre el buen salvaje y la corrupta civilización, pero el método de Rousseau seguía siendo racional y mantenía la idea de un derecho natural (hay una sola naturaleza humana) y de un contrato social (de esa naturaleza humana se deriva un contrato basado en el respeto a lo que somos). Heidegger no proviene de Rousseau, sino de Herder y sus mónadas culturales, que directa e inmediatamente eliminan la posibilidad de fundar un contrato entre los hombres. (Está pendiente esa "breve historia de la filosofía" de una sola página, jeje). Por la misma razón, podemos distinguir entre la estupidez supina de Zapatero y Bin Laden.

Julián, en efecto: "quizás sin ningún rigor o quizás ventajistamente", y seguramente las dos cosas, pero sobre todo la primera. Lo más curioso es que hay partes de "Ser y tiempo", de Heidegger, que siguen pareciéndome de gran filosofía, razón por la cual no puedo tirar la obra a la basura y debo seguir buscando la confrontación.

Respecto a la entrevista, la leí ayer. Y... sí tengo algunos comentarios que haré en otro momento, pero ninguno es demasiado interesante, jaja.

di blasino, es cierto que se cometieron excesos graves en la ideología del progreso (Comte es un claro ejemplo; Marx podría ser el otro, a su modo). Sin embargo, insisto: la reacción al racionalismo y a la teoría del progreso se sostuvo sobre la negación del método racional, y por tanto sobre premisas falsas e incomprobables, por lo que tuvo consecuencias muchísimo peores. Aún se puede aprender de Marx (Max Weber, por ejemplo, es impensable sin Marx), aun cuando no se compartan ni sus conclusiones ni algunas de sus premisas. En estos momentos pienso que la verdadera clave en filosofía política se sitúa en la investigación comparada del liberalismo y del socialismo, que comparten un proyecto único de la modernidad (la mejora material y moral del mundo).

No creo que la filosofía sea un saber unitario; se interna en demasiados campos a los que ella misma ha dado lugar. Tampoco es una ciencia, aunque hubo un tiempo en que se trató de lo mismo. La filosofía es una guía al pensamiento de lo real. Como tal, exige, hasta cierto punto, conocer las diversas corrientes históricas de pensamiento; por eso existe la historia de las ideas.

Si tomamos como punto de partida la filosofía pura y dura, la "ontología", no creo que pueda hablarse de progreso: Aristóteles ilumina probablemente más aspectos de la realidad que cualquier filósofo vivo. Pero eso no implica que nadie pueda decidirse entre Aristóteles o Kant o Hegel (tal vez los filósofos más completos de la historia). Lo que sí puede decirse es que todos ellos han elaborado y perfeccionado los distintos usos y las aplicaciones de la facultad racional, que es razón suficiente para leerlos e intentar comprender lo que decían (en el caso de Hegel esto se vuelve particularmente difícil). No sé si esto resuelve sus dudas, ya que es evidente que ni siquiera resuelve las mías (y, al fin y al cabo, Descartes fundó el método racional en dudar).