jueves, 19 de abril de 2007

Cuestionario ideológico-político de pata negra

Hoy no se me ha ocurrido otra cosa que la muy estúpida idea de hacer un cuestionario sobre el espectro ideológico en el que me muevo. En vez de considerar solamente la "izquierda" y la "derecha", se dan dos coordenadas, una puramente relativa a la economía que va de "izquierda" (dominio estatal de la economía) a "derecha" (liberalismo económico, libertad de mercado), y otra relativa a cuestiones sociales y morales, que va de "autoritario" (dominio de las costumbres) a "libertario" (libertad privada, anarquía). Cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que soy una persona maravillosa de opiniones legítimas y moderadamente de izquierda pata negra, o sea, económica y moralmente de izquierda. Pero de esas que son asesinadas o expulsadas en cuanto se declaran la guerra los dos bandos extremos. En resumen: soy liberal-socialista, si eso existe. ¡Como John Stuart Mill!
Este es el vínculo de mi certificado de buena conducta:
Por otro lado, me apetecía poner uno de esos textos de Nietzsche en los que los profesores y eruditos son acusados en general de ser "ranas". Pero habrá que esperar a otro día, porque no lo he encontrado.

martes, 17 de abril de 2007

Nietzsche, Mill e Ibarretxe

La razón por la que muchos estudiantes prefieren leer a Nietzsche antes que a Mill tiene que ver con la retórica adolescente del desprecio. Pero ¿por qué tantos profesores prefieren leer a Nietzsche e ignoran a Mill? Siempre me he preguntado por la razón de ese encandilamiento con alguien que, al fin y al cabo, te está llamando "rana" a la cara.
Mientras yo me hago esta pregunta metafísica sobre la adocenada república de las letras, Ibarretxe sigue reuniéndose con "la sensibilidad abertxale". ¿Qué diría Mill sobre esto? Una cosa es segura: no la llamaría sensibilidad. Mecachis.

sábado, 14 de abril de 2007

Sarkozy y los malos

En la entrada de ayer, 13 de abril, Arcadi Espada nos daba a leer un trozo de entrevista a Nikolas Sarkozy, candidato conservador a la presidencia de Francia. En primer lugar, destaca la altura de estos franceses en las discusiones políticas. ¡Coño! Eso es lo que a mí se me escapa mientras leo. En esos momentos, cualquiera preferiría ser francesa, vestirse y moverse majestuosamente, leer la prensa todos los días mientras una se come un cruasán y acudir a las urnas tras una sesuda discusión con los amigos sobre si Sarkozy es más inteligente que Royal, pero Royal es buena. Ay.

Sarkozy defiende la recuperación del electorado de Le Pen. ¿Qué otra cosa podría desearse si lo que se pretende es una nueva legitimación de la democracia? Pero, al parecer, su sentido común ha levantado ampollas. Los socialdemócratas preferirían pensar que ese electorado debe morir e irse ya al infierno. Pero eso es porque los socialdemócratas siempre han preferido la división del mundo en dos, uno de lucha apocalíptica y otro de breve negociación de objetivos (tan breve es que dura ya varios siglos), a la que no queda más remedio que someterse mientras uno traga saliva para no abofetear al cabrón de enfrente.


Yo no discuto el sentido común de Sarkozy; al contrario, lo defiendo por encima del escándalo socialdemócrata. Pero (aquí viene el pero) es distinto defender que ese electorado debe ser recuperado para la democracia en bien de todos (y, qué duda cabe, en bien de nosotros) que defender que no hay nada malo en ese electorado. ¿No lo hay? Yo diría que un elector racista y embrutecido capaz de votar a Le Pen tiene mucho de malo. Y, entonces, se plantea la triste, dubitativa pregunta: ¿quiénes somos nosotros? No seremos los buenos; somos los que preferimos que los demófobos se avengan al demos en vez de soñar con un futuro de expulsión y exterminio.


Si Royal defendiese esto, ¿seguiría siendo socialdemócrata? O ¿preferimos distinguirnos como buenos que acabarán puteando a los malos o siendo asesinados por ellos?

viernes, 13 de abril de 2007

En torno a Nicaragua

Esta noche he soñado que quería viajar a Nicaragua y me pedían un visado especial que hacía todo muy difícil. Que nadie me pregunte por qué quería viajar a Nicaragua; no tengo ni idea. La cuestión es que me llevaban a comisaría y me echaban una bronca de mil demonios, a mí y a otras personas, pero se notaba que era algo prefabricado, que los policías no estaban verdaderamente cabreados (los subrayados sirven para dar una idea de lo sospechoso que resultaba el sueño). Pero yo me acojonaba de verdad. Luego me perdía por la comisaría, una comisaría enorme, invadida por miles de turistas que, como yo, buscaban algo, y en una parada de autobús me explicaban que el visado a Nicaragua exigía varias semanas de espera después de coger el avión. Horror. Todo ello me provocaba una gran desazón, pues yo tenía que viajar a Nicaragua y, a la vez, odio los aviones y las esperas.

En comisaria, los policías soltaban su numerito e incluso hacían juegos malabares con una botella de agua. Luego me he preguntado de qué me vino esa idea y me acordé de la procesión de la Legión el otro día en Málaga. La Legión, al igual que otros cuerpos militares y de seguridad, monta su numerito mientras acompaña al Cristo de Mena. Impresiona mucho verlos tan cuadrados, literalmente cuadrados, cuerpos llenos de músculos y pieles tostadas, la barbilla elevada, la camisa remangada, la barba en punta, mientras cantan y juegan con sus armas. Siempre me han provocado una mezcla de miedo y curiosidad. Uno no puede evitar sentir un cierto embeleso mientras marchan, quizá por la conciencia del absoluto abismo que les separa de nosotros, o de mí, quizá los demás no sientan exactamente lo mismo. Y es bien seguro que ellos no se embelesarían viéndome a mí marchar en pos de algún Cristo.


Hace tiempo que Rafael Sánchez Ferlosio, el mejor escritor vivo en español (tal vez haya exagerado un poco), viene hablando de la pasión de la masa por la militancia. A veces uno no puede evitar sentirse arrastrado por la masa; ser el sentimiento de la masa expectante, concentrada (bien es cierto que en Málaga todos los turistas nos comemos los algodones de azúcar y las manzanas de caramelo mientras pasan las procesiones). El más reciente artículo de Ferlosio sobre el tema se llamaba Nenikékamen, sobre la noticia de la victoria. Al parecer, Nenikékamen era lo que gritaba el corredor de la batalla de Maratón: ¡Hemos ganado!


Pero para el miedoso observador que se ve arrastrado por la música de la Legión, ¿significa la canción su derrota?

miércoles, 11 de abril de 2007

El regreso de la mujer araña

He regresado de la Semana Santa (frío, lluvia, bufandas en las playas, la Legión entonando su canto de muerte mientras yo me estremecía de algo) y me encuentro aquí con total perplejidad: ¿qué fue de España y de las actividades a las que antes me dedicaba?

Mientras tanto, preparo unas clases sobre John Stuart Mill. ¡Qué liberación leer a Mill! Algún día explicaré por qué merece la pena leer a Mill más que a casi nadie. En esencia, no se enreda demasiado pero miente como el que más. Qué gusto da leer sobre los herejes y los blasfemos, a menudo tan irritantes, pero de los que supongo que los adolescentes filosóficos nunca podremos desprendernos.


(Aún no hemos llegado, entonces, a esa mayoría de edad que dijo Kant).

miércoles, 28 de marzo de 2007

¡Que se queden sin patria!

No sé en qué país he estado viviendo o dónde me he metido, pero no me había enterado: El País ha despedido a Hermann Tertsch, uno de sus columnistas más antiguos, moderados, y de los mejores conocedores de la realidad histórica europea, que ya es decir en este país de locos con botella.
Tertsch, al parecer, participaba en el odioso programa de Ernesto Sáenz de Buruaga en Telemadrid de vez en cuando. ¡Y qué mejor manera de combatir la mentira mediática que profundizando en la mentira mediática! ¡Qué mejor manera de no volver a la guerra civil que propagando el clima de polarización ideológica y expulsando a los que se han quedado en el medio! Pues eso ha hecho El País: expulsar a Hermann Tertsch, porque por lo visto aquí ya nadie puede decir su opinión sin ser traidor a algo, aunque nadie sepa muy bien definir qué es.
Andrés Trapiello, en un librito llamado Otra vez el ayer dijo que la guerra civil la propiciaron, hicieron y sufrieron los españoles, casi diríamos, sin exclusión. Hablaba en él de la tercera España, que tuvo muy mala prensa en todos los bandos habidos y por haber. El fascista Giménez Caballero dijo de aquellos pobres ingenuos que debían quedarse sin patria. Y así se quedaron.
Incluso sin la patria de la izquierda.

sábado, 24 de marzo de 2007

Marianne Faithfull en Madrid

Marianne Faithfull dio ayer un concierto en el Círculo de Bellas Artes, perteneciente a su gira Songs of innocence and experience, que comenzó hace unos días en Londres, y allí, por supuesto, fui yo, aunque casi de milagro. ¿El resultado? Una de las mejores experiencias musicales que he tenido.

Pocos cantantes actuales son capaces de desgranar tantos sentimientos con la voz, una voz al límite del destrozo y que, para colmo, estaba ayer bajo los efectos del resfriado. Ironía, furia, tristeza, sarcasmo, desesperación... La Faithfull gustará por su morbo de superviviente y ex-adicta a las drogas, por haberse acostado con Mick Jagger y Keith Richards, por su evidente inclinación hacia el lado oscuro de la vida, que tanto fascina a los buenos burgueses, fumando como posesos y moviendo los cabellos agitadamente, en señal de adicción al rock del pasado, como si eso fuera una demostración de que somos libres (libres para la muerte), jóvenes, atrevidos, contraculturales. Gustará por todo eso y, sin embargo, qué capacidad la de la Faithfull para usar con plenitud sus recursos vocales, para interpretar y conocer cada detalle de su repertorio, para poner los pelos como escarpias sin siquiera recurrir a la falsedad. Porque en ella, cuando canta, no hay falsedad.


Broken English fue el momento más rockero de la noche. Los pelos como escarpias, ya digo. Como escarpias que aún están erizadas, si es que las escarpias se erizan.