viernes, 4 de marzo de 2011

It takes guts to be gentle and kind

Joseph De Maistre dice, en sus Consideraciones sobre Francia, una gran cantidad de burradas. Sin embargo, hay una de ellas que ha podido convertise en algo parecido a una frase hecha que todo el mundo podría creerse a pies juntillas: se puede morir de un exceso de civilización. No es el único que lo piensa. John Stuart Mill, un pensador completamente diferente a De Maistre, de un talante mucho menos retórico y de una inteligencia mucho más aguda, dice en Sobre la libertad que la civilización puede venirse abajo si ha perdido la fuerza que la impulsa a luchar por sí misma.

En el fondo, ambos dicen cosas muy parecidas. Aunque es cierto que lo dicen de maneras suficientemente distintas: De Maistre parece aliviado e incluso excitado por el derramamiento de sangre y por la destrucción de la civilización; Mill advierte, en cambio, del peligro de que lo mejor de nosotros perezca si ni siquiera somos capaces de valorarlo.

La gente no cita a De Maistre o a Mill cuando menciona la actual desgana que le provoca ser civilizado. No hace falta. Basta decir otras cosas más de andar por casa: por ejemplo, basta decir que nos lo merecemos, mientras soñamos con que Bin Laden nos da por el culo o mientras aplaudimos los actos de valentía de Hugo Chávez.
La cita de De Maistre: cuando el alma humana ha perdido la tensión de sus resortes por la blandura, la incredulidad y los vicios gangrenosos que siguen al exceso de civilización, no se puede templar de nuevo más que en la sangre.
La cita de Mill: Para que una civilización pueda sucumbir así ante su enemigo vencido necesita haber llegado a un tal grado de degeneración que ni sus propios sacerdotes y maestros, ni nadie, tenga capacidad ni quiera tomarse el trabajo de defenderla. Si esto es así, cuanto antes desaparezca esa civilización mejor. No podría ir sino de mal en peor, hasta ser destruida y regenerada (como el imperio de Occidente) por bárbaros vigorosos.

jueves, 24 de febrero de 2011

El hombre que no sabía tener enemigos

Javier Cercas vive desde hace años una polémica desgarrada y persistente con Arcadi Espada. El 8 de marzo de 2009, Cercas publicó un artículo titulado "Todos los gatos son teléfonos" en El País. En él narraba un encuentro casual con Espada en un aeropuerto. Al día siguiente, Arcadi Espada cuelga en su página web el artículo escrito por Cercas sobre ese encuentro tal cual. No introduce ni una coma, ni un comentario. Lo deja así para el lector. Pretende que Cercas quede doblemente retratado.

Cercas, en efecto, se retrata a sí mismo en su artículo. Es un artículo que diríamos "mono": las chicas lo diríamos, quiero decir. En él se presenta como un tipo tierno, que camina distraído y eufórico por el aeropuerto cuando se cruza con un antiguo conocido de quien no recuerda el dato fundamental: ese conocido es su enemigo. Cercas se sorprende al reconocerlo, cuando el otro (Arcadi) se lo recuerda, o más bien le recuerda "nuestra polémica". Por un momento parece noqueado, luego suave, tiernamente irritado. Idea respuestas, reformula su réplica ante el ataque de Espada, sucedido años atrás; se disculpa por sus errores. Cae, finalmente, en la melancolía, tras esforzarse con toda su alma en odiar a Espada: todos los hombres son unos pobres hombres. Vanitas vanitatum. Polvo eres, en polvo te convertirás. Ya nada puede hacerse. Lo hemos perdido todo en el naufragio que es nuestra vida. Le hubiera gustado abrazar a A., pero sólo le estrechó la mano.

Arcadi Espada se ha referido a este artículo y de diversas formas como "el abrazo del oso". ¿Qué es el abrazo del oso? El abrazo del oso es esa manera de clavártela por detrás, por decirlo finamente. El abrazo del oso es esa manera tierna y delicada de odiar que tenemos todos los teléfonos.

En general, los españoles llevamos a un Cercas dentro. Sobre todo algunos españoles. Pero deberíamos aspirar a tener más espadas.

viernes, 18 de febrero de 2011

Nir Rosen y el amor a la Humanidad

En Los hermanos Karamázov leí, hace muchos años, una frase que todavía recuerdo: un personaje decía que cuanto más amaba a la Humanidad en general, menos amaba a la gente en particular. La reflexión se contiene dentro de una de las típicas soflamas sobre el amor cristiano y el reconocimiento del pecado que caracterizan la literatura místico-psicológica de Dostoyevski, pero, más allá de esto, la frase tiene un gran poder revelador. Resulta que Dostoyevski tenía cierta capacidad para darse cuenta de los movimientos ideológicos que se estaban imponiendo en la Europa del siglo XIX y de cómo éstos influían en el carácter de las personas.
Ahora vivimos en el siglo XXI y existe una cosa llamada Twitter. Es una red social, aunque no tan famosa como Facebook, creo. Las redes sociales son sitios donde cualquier persona puede decir lo primero que se le pase por la cabeza. Así de fácil. Por lo tanto, son sitios donde cualquier persona puede hacer el ridículo o ser ingenioso o brindar conocimientos con gran rapidez y, digámoslo así, con verdadera amplitud. Pero no es mi propósito analizar la naturaleza de las redes sociales, sino afirmar el hecho de que éstas nos ofrecen un nuevo lugar donde amar a la Humanidad en general y detestar a la gente en particular. Últimamente se ha hablado mucho de los "tropiezos" de los famosos en Twitter: Bisbal habló de las pirámides, Vigalondo cayó en desgracia tras hacer ciertos comentarios de mal gusto sobre el Holocausto, a Jordi González se le "calentó" la boca tras ser acusado de hacer telebasura, Álex de la Iglesia se pasó al lado oscuro después de descubrir la bondad y la belleza de Internet, etc. Hasta ahora, todos los mencionados son asuntos patrios, que en mayor o menor medida condicionan la denominada vida cultural de este país (no nos engañemos: Bisbal es un asunto patrio). Sin embargo, ninguna de estas anécdotas nos ilustra sobre lo que significa el amor a la Humanidad cuando se vuelve contra las personas particulares.
Esta semana, el periodista Nir Rosen, descrito por sus colegas como un periodista "de izquierdas", broméo en Twitter acerca de la violación de la periodista Lara Logan: la broma inicial podía considerarse de mal gusto e inoportuna, aunque al fin y al cabo era una broma ("Lara Logan tenía que superar a Anderson, ¿dónde estaba su amiguete McCrystal?") Peores fueron sus respuestas ante las críticas que comenzó a recibir en ese mismo momento, y que son la mejor prueba de que uno debería dejar de escribir o de hablar en ciertos momentos de la vida, incluso con Twitter de por medio. Podríamos decir que se trata de errores humanos, con todo. La Humanidad se las trae.
Si escribo aquí sobre el caso de Rosen no es por estos comentarios, ni siquiera por la violación de Lara Logan. Es por algo bastante más viejo que Twitter: Rosen es un ejemplo claro de amor a la Humanidad en general. Es preferible dejar que él mismo se exprese. Veamos qué ha dicho Rosen en su defensa, tras pedir perdón en repetidas ocasiones por su metedura de pata. En primer lugar, se defiende con una buena excusa: su ignorancia del verdadero alcance del ataque a Logan (At the time, I did not know that the attack against Lara Logan was so severe, or included apparent sexual violence). Hasta aquí, bien. Culpa después al humor negro, en lo que parece ser un mecanismo de autodefensa del reportero de guerra (It was a disgusting comment born from dark humor I have developed working in places like Iraq, Afghanistan, Somalia, Yemen and Lebanon -- and a need to provoke people). Rosen dice más cosas sobre el humor negro y la guerra en esta entrevista: When you’re in war zones you develop a black humor and make jokes about your death, other people’s deaths, other terrible things, writers and photographers do it, as of course do Bosnians, Iraqis, Somalis and others as a coping mechanism. But taken out of context this can be deeply hurtful, especially when made by a man. Lo del humor negro no me parece una mala defensa del primer comentario, desde luego, aunque es una desgracia que se combine con la experiencia de guerra y con ser varón.
Sigamos: la culpa es, también, de Twitter. Twitter no es un lugar acogedor para gente como él, con humor negro y sangre caliente. Twitter is no place for nuance, which is why I should have stuck to long-form journalism. Por otro lado, es de agradecer que no se haya dedicado a analizar la naturaleza de las redes sociales y su impacto en el periodismo de guerra. Estamos llegando al clímax del artículo: lo que Rosen en realidad quería decir cuando bromeó sobre Lara Logan, Anderson Cooper y McCrystal. Had Logan been a non-white, non-famous journalist, this story would have never made it to the news (Si Logan no hubiera sido una periodista blanca y famosa, esta historia nunca se hubiera convertido en noticia). Muchas mujeres han sido víctimas de violaciones en Egipto en los últimos tiempos, mostly, it seems, by non-revolutionaries (sobre todo, al parecer, llevados a cabo por personas que no se dedican a hacer la revolución contra Mubarak). No sé si agradezco tanto que Rosen no nos ofrezca más información al respecto. ¿Qué es lo que quiere decir? ¿Que entre el pueblo revolucionario no es posible que se cuelen unos cuantos capullos, o que los capullos no suelen hacer la revolución contra Mubarak? ¿O tiene información de quiénes son los capullos, aunque no sea el momento ni el lugar de darla? Supongo que se refiere a la última opción. Veamos, por último, en qué términos explica Rosen su interés en hablar de Logan:
The U.S. media did not care when Egyptian journalists (or any other Egyptian) were being jailed. Only when pretty white people showed up did Egypt really start to matter, and then, they were preoccupied with the scary Muslim Brotherhood possibly taking over, or what would happen to poor Israel now that there was a "threat" of democracy in Egypt. (A los medios de comunicación americanos no les ha interesado que periodistas egipcios - o que otros egipcios - hayan sido encarcelados. Egipto sólo empezó a interesarles cuando gente blanca y guapa hizo acto de aparición allí, y después se empezaron a preocupar de la posibilidad de que los aterradores Hermanos Musulmanes tomaran el poder, o de lo que le pasaría al pobre Israel si ahora había una "amenaza" a la democracia en Egipto).
Esta es la parte esencial de la defensa de Nir Rosen: su amor a la Humanidad, en este caso a la Humanidad egipcia, no blanca y fea. Su broma inicial sobre Logan, Anderson Cooper y McCrystal aparentemente no tenía nada que ver con el humor negro que ha desarrollado para protegerse de la violencia y la muerte en las zonas de guerra; tenía que ver con la defensa de los oprimidos, los olvidados, los humillados y los ofendidos (en homenaje, de nuevo, a Dostoyevski). Tenía que ver con la rabia que le inspiran las guerras injustas y los medios de comunicación (americanos). No tenía que ver con Lara Logan, al menos no con ella directamente, excepto por el hecho de que ella representa a los medios de comunicación (americanos) que son capaces de justificar guerras injustas ante los ojos de otras personas blancas y guapas como ella.
With 480 characters I undid a long career defending the weak and victims of injustice.
Qué cosas tiene esto de amar a la Humanidad.

lunes, 21 de diciembre de 2009

La muerte de Chéjov

Conocí a Janet Malcolm a través de un comentario de Arcadi Espada en su blog, que luego me condujo a otros muchos; los temas eran los habituales en el blog de Espada - periodismo, búsqueda de la verdad, ficción, "reconstrucción" literario-periodística de la historia, etc. - pero entonces no me enteré de nada. Meses más tarde me di de bruces con El periodista y el asesino en una librería universitaria. El nombre me sonaba, el asunto me atraía y lo leí en apenas unos días, mientras hacía caso omiso de mis "obligaciones" intelectuales.
Encargué todos los libros de Malcolm que pude encontrar: Psicoanálisis: una profesión imposible, En los archivos de Freud, Dos vidas: Gertrude y Alice (la más reciente, dedicada a la supervivencia de Gertrude Stein en la Francia ocupada por los nazis), Sylvia Plath: la mujer en silencio, y finalmente Leyendo a Chéjov. Dejé esta última para el final, por dos razones: en primer lugar, porque el asunto literario sobre Chéjov me interesaba menos que todos los demás; en segundo lugar, porque ni siquiera había leído a Chéjov.
Llegué hasta él casi con pereza. Nada podía igualar la agudeza de los libros de Malcolm que ya había leído, menos aún un libro de crítica literaria. Al fin y al cabo, las "biografías" de Stein y de Plath tenían más que ver con la mentirosa técnica literaria que invita al escritor a escribir una biografía y al lector a creérsela; pero tanto Stein como Plath eran figuras literarias recientes, y también polémicas. Pertenecían al siglo XX, a la vanguardia y al feminismo, y, al lado de algo tan actual y trágico, Chéjov - el menos trágico de los rusos - tenía que palidecer. Debo añadir que fui una adolescente chunga (en palabras de Irene Sánchez) que leía a Dostoyevski compulsivamente. También he sido una lectora compulsiva de Plath. Afortunadamente, no lo he sido de Gertrude Stein. Todo esto explica muchas cosas, como mi pereza al leer a Chéjov durante demasiado tiempo.
Let's go to the point, o vayamos al grano. No me atrevería a decir que Leyendo a Chéjov es el mejor de los libros de Malcolm sobre periodismo, historia, literatura y, en definitiva, sobre la búsqueda de la verdad, pero sí diré que completa los otros libros e incluso que los atraviesa de parte a parte. Pero, en cualquier caso, eso es lo de menos. Lo importante es lo que nos cuenta Malcolm sobre la muerte de Chéjov. El tema se trata en el capítulo IV. Malcolm recorre todas las obras que conoce donde se ha narrado la muerte del genio: "La muerte de Chéjov es una de las grandes escenas de la historia de la literatura". Ustedes sabrán que Chéjov murió en 1904, cuando era relativamente joven, de tuberculosis; que fue un mujeriego; y que acabó retirándose a morir a Yalta, donde, antes de emitir el último suspiro, pidió una copa de champán. Tres personas contaron su muerte "de primera mano": su viuda, la actriz Olga Knipper, la describió en dos cartas de 1908 y 1922; un estudiante de medicina que se encontraba en el hotel donde Chéjov murió, Leo Rabeneck, la recordó en un artículo de 1958; el médico que le atendió, el doctor Schwörer, no escribió nada, pero habló con un periodista inmediatamente después del fallecimiento y dejó, como de pasada, algunos detalles. En todos estos testimonios se mezclan los mismos detalles: Chéjov era consciente de que se estaba muriendo (Ich sterbe); alguien, parece que el médico, pidió una copa de champán, y Chéjov la apuró justo antes de morir. En estos detalles elegantes y delicados coinciden tanto la viuda como Rabeneck, parcialmente respaldados por el médico que habló con el periodista. Otro periodista, amigo de Chéjov y de su mujer, transmite un día después una serie de nuevos detalles: Chéjov habría alucinado con marineros y japoneses y habría rechazado una compresa de hielo que su mujer iba a aplicarle con las palabras "No pongas hielo en un corazón vacío". Estos son los testimonios, más o menos directos (Olga, Rabeneck) o secundarios (Schwörer al periodista, el otro periodista), de los testigos de la muerte de Chéjov.
Es evidente que la literatura encuentra en ello abundante material: Chéjov, al fin y al cabo, tiene el gusto de morirse con elegancia, estoico en el dolor (Ich sterbe), irónico ante el placer (el champán). Nadie está seguro de cómo o por qué se pide la copa de champán, pero se pide, y parece que Chéjov la apura. El estoicismo del genio en la hora de su muerte parece estar a tono con la generalidad de su carácter, poco dado a las estridencias. Pero la literatura tiene hambre de condimentos, y Malcolm neutraliza ese hambre con una pura transcripción que podríamos denominar historiográfica: la biografía de Magarschack (1952) expone primero el momento del champán para pasar rápidamente al delirio con el marinero, recuerdo de la guerra ruso-japonesa; la princesa Toumanova, en 1937, insiste en la alucinación marinera y japonesa para concluir que "ese gran humanitarista fue fiel a sí mismo hasta el final" porque no pensaba en sí mismo, sino en su pueblo; Gilles, en 1967, insiste ya solamente en el marinero, en el "miedo" a los japoneses y en la sentencia sobre el hielo en un corazón vacío (que provienen, como sabemos, de una fuente secundaria); la literatura comienza a hacer sus juegos de palabras con la realidad. Troyat, en 1984, convierte el corazón vacío en un estómago. Rayfield, en 1997, asume que el marinero era su sobrino Kolia, y vuelve a transformar el estómago en un corazón. El champán ya no aparece en ninguna narración, y ha sido curiosamente sustituido por las alucinaciones y el corazón-estómago.
Lo mejor está por llegar, sin embargo: Callow, en el 98, tiene el talento de describir en la misma escena tanto las alucinaciones como el champán, el estómago vacío y el Ich sterbe, sólo que a todo esto le sigue un elemento nuevo, un joven mozo despeinado que sube el champán a la habitación del hotel. ¿De dónde ha salido este nuevo personaje? Malcolm nos dirige diligentemente a la fuente de esta información: el famoso escritor Raymond Carver, que hizo ficción sobre la literaria muerte de Chéjov en un relato titulado "Errand". Allí aparece el mozo de hotel. Allí se piden tres copas de champán. Allí se han mezclado, ya definitivamente, la literatura y la crónica.
¿Qué conclusión podemos extraer de todo esto? Malcolm es irónica al respecto: tal vez sólo sepamos que no ha ponerse hielo en un estómago vacío (optemos por la explicación medicinal). Pero la cosa está clara. Callow ha transgredido las reglas de la crónica biográfica. ¿Y Carver? ¿Qué ha hecho Carver? Ha hecho lo que hacen los literatos: la tierra es del viento.

jueves, 30 de abril de 2009

Heidegger, el resistente

Francia no es sólo un país donde los franceses disfrutan de una primera dama de insultante belleza. Además, Francia es un país donde tienen lugar verdaderos debates filosóficos que interesan a ciertas minorías. Esto no quiere decir que el debate en cuestión, sobre el nazismo de Heidegger, sea tan interesante como para dedicarse en exclusiva a él. Por supuesto que hay otras cuestiones merecedoras de toda la atención, más aún en estos tiempos. Sin embargo, no deja de ser un debate necesario en un mundo donde Heidegger es considerado el más grande filósofo del siglo XX, el último gran filósofo en realidad (con permiso de Wittgenstein).
En febrero de 2007, el programa de televisión Bibliothèque Médicis emitió dicho debate sobre el llamado caso Heidegger: asistían François Fédier, traductor de Heidegger al francés y amigo del susodicho, Pascal David y Monique Canto-Sperber, filósofos, Emmanuel Faye, hijo de Jean Pierre y autor de un libro sobre el nazismo de Heidegger de reciente publicación en España, y Edouard Husson, historiador.
En un momento de la discusión, se habla de una carta escrita en 1916 por un joven Heidegger sobre la "judaización de las universidades" y la fuerza de la "raza alemana". Los adversarios admiten el comentario, pero lo interpretan de manera muy diferente: para Faye es prueba de la preocupación dominante de Heidegger por el dominio espiritual (sea esto lo que sea) de la raza alemana, para Fédier es prueba de una estupidez juvenil, propia de un joven que titubea al enfrentarse consigo mismo en la búsqueda de su camino. Esto entra dentro de la tesis, mantenida tanto por Fédier como por David, de que Heidegger cometió un error al afiliarse al partido nazi en 1933 y de que, poco después, se convirtió en un opositor al régimen, en un verdadero combatiente filosófico contra el totalitarismo.
El historiador Husson amablemente le tiende la mano a los filósofos, a la vez que los reprime: la filosofía tendrá que debatir sobre "la verdad" del pensamiento heideggeriano, su obra, etc., pero el historiador tiene datos suficientes para confirmar que el hombre Heidegger era un hombre muy receptivo al ambiente de la época, es decir, al antisemitismo.
Gracias a dios por los historiadores, o a la madre de Husson por haberlo parido.

lunes, 9 de marzo de 2009

De repente, lo último de Almudena

Almudena Grandes dedica su columna del día a Ingrid Betancourt. En verdad, se retrata a sí misma: su honestidad cruda, despiadada al retratar a los otros - al fin y al cabo, es novelista - aunque también al someterse a la auto-observación, según nos avisa cuando nos dice que a veces se harta de sí misma y de su manía de llevar siempre la contraria, manía esa a la que todos nos aferramos con avidez a la hora de ejercer el autorretrato. ¡Yo también me canso de mí misma exactamente por eso! ¡Y qué bien se queda uno después de sacarse los colores! Es sano y vital tomar la pluma para decirse cosas feas y para acusarse de honesto, de bruto, de tocahuevos; de revolucionario, en fin, sangriento sólo si hace falta, que miente para mejorar la realidad que no le gusta.
Dice Almudena que Ingrid le provoca "desconfianza", pero que no puede fundarla en razones "objetivas". Por supuesto, no tiene pruebas por las que debamos inclinarnos a "desconfiar" de Ingrid. Sólo una: la foto en la selva. Le parece reveladora de una "personalidad tortuosa", si bien no tan tortuosa como la que intuye ahora. Ah, y otra: la auto-crítica de Luis Eladio Pérez, escrita, al parecer, bajo la tortura psicológica de una Josefa Stalin en potencia, "próxima a la humillada sintaxis de las viejas autocríticas". Y, finalmente, la más importante: la inverosimilitud, que es más importante - para un novelista - que la verdad. Ingrid le resulta verosímil sólo como princesa arrogante y manipuladora, que seguramente llegó a ejercer un control tal de los secuestrados y de los guerrilleros selváticos que pondría los pelos de punta a cualquiera de los que hoy caen a sus pies para adorarla. Ingrid, dureza staliniana en la selva.
Estamos a la espera de ese relato que anuncias, Almudena. Confiamos en que describas con exactitud literaria los crímenes cometidos en nombre de la humanidad y de los oprimidos.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Propaganda: dignidad humana y castigo a perpetuidad

Comienza la estrategia a la contra en el falso debate sobre la cadena perpetua. Ya estaba tardando en aparecer, debido al respeto que infunde un cuerpo que aún no se ha localizado, el de Marta del Castillo. Pero El País se ha atrevido hoy, dándole la mano al movimiento encabezado por los padres de la chica asesinada: tres artículos. Los padres hablan de lo que pide "el pueblo" - ¡democracia! - y los periódicos instruyen a ese pueblo arrasado por la compasión.
El primer artículo se pregunta por la cadena perpetua, para después afirmar rotundamente que "es peor 40 años de cárcel". Así lo dice: es "peor"; no es "lo mismo", no es "mejor", sino peor para que los bestias y los brutos nos consolemos cuando clamamos venganza. Se sucede una serie de argumentos sobre la realidad de nuestro sistema penal y la libertad condicional, para terminar con el otro canto clamoroso, de signo apuesto y que también reclama para sí la solidaridad popular, que afirma la ineficacia del castigo desmedido y apuesta por la dignidad humana y la aclaración de "las causas de la delincuencia".
El segundo continúa la estrategia de modo poco sutil: Alberto Jabonero escribe en La dignidad de los encarcelados que "las tripas se imponen al cerebro". Ya lo estamos definiendo: tripas contra cerebro ante un crimen aterrador. El mensaje es claro, y por otro lado sensato: usemos el cerebro en vez de asestar un puñetazo al aire; no legislemos "con las tripas", aunque humanamente nos sintamos impelidos al vómito. Los "crímenes execrables" son humanos, pero su castigo ha progresado. Y aquí, efectivamente, está la clave: en el progreso, que se atiene al concepto de dignidad. ¿Y qué nos dice este concepto? Que la persona, aunque cometa un crimen, e incluso aunque ese crimen sea execrable, tiene derecho a reintegrarse al "tejido social" y a "purgar" su crimen. El progreso ante la venganza y el castigo impone límites "infranqueables"; no se puede retroceder después de haber avanzado tanto. ¿Significa esto que tampoco se puede seguir discutiendo sobre la dignidad de las personas, en relación a los crímenes cometidos por esas personas? ¿Que no se puede legislar sobre lo execrable de ciertos crímenes? ¿Que no se puede someter el concepto de "reinserción" a una crítica?
El tercer artículo da el golpe de gracia: se titula "Otro padre herido hablando de leyes en La Moncloa". Considero el título suficientemente expresivo: los padres heridos no hablan de leyes, aunque haya que trasladarles el cariño de los españoles.
Las víctimas de los crímenes no razonan. Lo sabemos bien. Sin embargo, la sucesión de estos tres artículos me parece pura propaganda: lejos de invitar a meditar sobre la cadena perpetua, o sobre el castigo humano y proporcionado a ciertos crímenes, lejos también de informar sobre las cualidades de nuestro código penal, se trata más bien de asegurarse de que nadie se atreva ni por un momento a poner en duda el principio de reinserción y de reeducación tal y como éste se aplica en las cárceles españolas. Las pasiones (por castigar) luchan aquí no contra el cerebro, sino contra el progreso y sus principios irrebatibles de bondad.

jueves, 12 de febrero de 2009

Un apunte sobre el valor en metafísica

"Preguntar significa para nosotros: exponerse a la sublimidad de las cosas y de sus leyes; significa para nosotros: no cerrarse al sobresalto del pavor ante lo incontenible, ni a la turbación que nos oprime frente a lo sombrío. Además, poder preguntar así es como presentamos nuestras preguntas, razón por la que nosotros no estamos al servicio de los que han acabado por cansarse y de su apacible necesidad de respuestas baratas. Nosotros lo sabemos: el coraje, con nuestras preguntas, para bordear los abismos de la existencia sin ceder nunca jamás al vértigo, este valor conlleva en sí mismo una respuesta mucho más importante que cualquier información aportada demasiado rápidamente por sistemas conceptuales artificialmente construidos" (Martin Heidegger, El estudiante alemán como trabajador, 1933; cursivas mías).
Estas son las palabras del Profesor Heidegger en su arenga a los estudiantes alemanes, como Rector de la Universidad de Friburgo en los inicios de la dictadura nazi. Sus referencias al valor de enfrentarse al abismo (Ab-Grund: falta de suelo o de fundamento) de la existencia, tal y como se expone en Ser y tiempo (1927), se quedarían en este caso en pura retórica entusiasta con el nuevo poder, si no fuera porque verdaderamente Heidegger está animando al estudiante alemán, en 1933, a rendirle servicio al Estado (nazi) mediante la "pregunta" que consiste en coger las armas.
¿Es esta la valentía de la metafísica alemana, frente al cansancio y a las respuestas baratas de los liberales, frente al artificio de los social-marxistas? Algunos dirán que esto es sólo una anécdota, o un resbalón.

jueves, 5 de febrero de 2009

El Estado, obra del auxilio interno

En la entrada anterior, mencioné la oposición de Hobbes y Spinoza a la filosofía idealista de los antiguos, sobre todo de Platón. Este último escribió la República, donde Sócrates se dedicaba a discutir con una serie de señores - unos más irritantes que otros - acerca de la cuestión de la justicia. En el Libro I, se nos dice lo siguiente:
"habiendo la necesidad de una cosa obligado a un hombre a unirse a otro hombre, y otra necesidad a otro hombre, la aglorameración de estas necesidades reunió en una misma habitación a muchos hombres con la mira de auxiliarse mutuamente, y a esta sociedad hemos dado el nombre de Estado".
En esto coincidirá Aristóteles con su maestro: un hombre solo no se basta, de ahí la ciudad; el hombre es un animal político, que necesita asociarse y que encuentra en ello una especial fuente de significado (filosofía) y de riqueza (autosuficiencia). Pero la frase con la que Platón-Sócrates remata esta idea expresa a la perfección el ideal platónico: "Construyamos, pues, un Estado en el pensamiento".
Es precisamente esto lo que rechazan Hobbes y Spinoza varios siglos después. ¿Por qué? ¿Es por la nueva ciencia de la naturaleza que creen haber descubierto y que les hace sentirse mucho más cerca de la verdad de lo que estuvieron los antiguos? En parte, así es. También Hobbes quiere construir un Estado:
"mediante el Arte se crea ese gran Leviatán que se llama una República o Estado (Civitas en latín), y que no es sino un hombre artificial, aunque de estatura y fuerza superiores a las del natural" (Introducción a Leviatán).
Sin embargo, para construirlo es necesario comprender la naturaleza humana "para cuya protección y defensa fue pensado". Así pues, la primera parte del Leviatán de Hobbes se dedica al hombre, no a concebir la justicia: el hombre es movimiento corporal, esfuerzo. Algo parecido dirá Spinoza cuando hable del conatus: persistencia, auto-conservación. Y en eso el hombre no es diferente de otros animales.
Volvemos entonces a la noción de "auxilio interno" de la naturaleza. En el esfuerzo de persistir que somos, entre la razón y las pasiones que somos, damos origen al Estado. Dice Spinoza, en el Tratado político, que los filósofos "conciben a los hombres no como son, sino como ellos quisieran que fueran". Sus obras de teoría política están, pues, desbordadas y neutralizadas por la experiencia política real. Los políticos, en cambio, asumen los vicios humanos y lidian con ellos cada día. ¿Cuál es la tarea del filósofo-científico Spinoza? En primer lugar, comprender y explicar la naturaleza humana:
"he contemplado los afectos humanos, como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas por el estilo a la naturaleza del aire" (Tratado político, cap. I).
Sólo a partir de la explicación de la naturaleza humana puede edificarse un Estado que sea eficaz al asociar lo común de los hombres. Eficaz y justo, pues justo será lo que ese Estado legisle para ordenar la convivencia humana, en directa oposición al ideal platónico.

martes, 3 de febrero de 2009

El auxilio interno de la naturaleza, según Spinoza

Hace algún tiempo, me propuse exponer aquí - en el blog - las diferentes versiones del Estado en Hobbes y en Spinoza, así como proceder a presentar la reacción que ambas encuentran en ciertas corrientes de la filosofía contemporánea que llamaré, a efectos prácticos, antimodernas. Quise hacerlo de forma breve y precisa, lo cual siempre es una ayuda a la hora de sintetizar las ideas que uno cree que tiene sobre un determinado asunto; pero, como es evidente, me desbordó mi propósito. Sin embargo, ahora quisiera retomarlo en una serie de entradas.
Una de las nociones esenciales para comprender la filosofía política de Spinoza es la de "auxilio interno", que aparece en el capítulo III del Tratado teológico-político (1670) junto con las de "gobierno de Dios", "auxilio divino", "auxilio externo", "elección de Dios" y "fortuna". El gobierno de Dios, según nos explica Spinoza, no es otra cosa que la concatenación de las cosas naturales; esto nos remite a la Ética, la obra más conocida de Spinoza, donde el filósofo afirmaba que "todo cuanto es, es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni concebirse" (I, Prop. XV). En la filosofía de Spinoza, en efecto, Dios se confunde con la naturaleza entera, que por lo tanto puede entonces comprenderse y conocerse a sí misma; esta es la razón de que se suela considerar panteísta, si no atea.
Pero no es este el punto que me interesa destacar, como ya he dicho: el auxilio de Dios o de la naturaleza (son lo mismo) consiste en que "toda ayuda que el hombre (que también es una parte de la naturaleza) aporta a su propia conservación, o la que le ofrece la naturaleza sin su colaboración, todo ello le es ofrecido por su propio poder divino, en cuanto que actúa por la naturaleza humana o por las cosas exteriores a ella" (cursivas mías). Es decir, Dios o la naturaleza se sostiene a sí misma en sus diversas partes - una de las cuales es humana - mediante la ayuda interna (si pertenece a una de esas partes) o externa (si no), siendo en cada caso divina o natural. De aquí se sigue la noción de auxilio interno: se trata de "cuanto la naturaleza humana puede aportar, por su solo poder, a la conservación de su propio ser". Es por esta ayuda interna que los hombres nos "ayudamos" a nosotros mismos; por esto existe el Estado, por esto existen las leyes civiles, y por esto la política es una técnica coordinada de auto-mejoramiento (que puede fallar estrepitosamente cuando calculamos mal).
Tanto Hobbes como Spinoza están interesados en construir un Estado eficaz en el que los hombres convivan en paz. Lo esencial, más allá de las diferencias que Spinoza mantiene con respecto a Hobbes, tiene que ver con dos oposiciones: ambos se oponen al idealismo de los filósofos antiguos y de sus tergiversadores herederos de la filosofía cristiana, a quienes acusan de haberse inventado una naturaleza humana utópica, que funciona por desprecio a la naturaleza humana real; también se oponen a las teologías que fundan la naturaleza en el pecado y en el misterio, convirtiéndola por tanto en algo esencialmente incomprensible, abandonada a la Providencia. Frente a esto, Hobbes y Spinoza tratarán de comprender la naturaleza humana del mismo modo que se comprenden las líneas y los cuerpos; y a partir de aquí, erigirán un modelo de Estado cuyo poder será obra de los hombres y dependerá para bien y para mal de ellos. Por eso, la noción de auxilio interno resulta tan importante en Spinoza, aunque en próximas entradas trataré del Estado "natural" spinoziano, frente al "artificial" hobbesiano. En ambos casos, El Estado responde a la idea de un mundo sin Dios que más adelante describirá Nietzsche.

martes, 13 de enero de 2009

Así dicen que empezó todo


Esta pequeña broma me sirve para suplir la falta de imaginación.

sábado, 10 de enero de 2009

Empezamos ibéricamente el año

Manuel Rivas publica hoy una columna de opinión en EL PAÍS, a la que titula Ruedo ibérico y que está enteramente dedicada a continuar la deslegitimación de la denominada derecha española, compuesta por los sempiternos políticos del PP y por una maraña de aliados provenientes de la socialdemocracia que ha traicionado sus antiguos ideales al no conseguir adaptarse al nuevo, joven socialismo. A los primeros ya los conocemos: son la derecha española "de siempre" con sus aspiraciones de toda la vida (impedir que se rompa España e imponer un orden moral nacional-católico). Entre los segundos, los aliados, - deslegitimados ya desde el primer momento dada su traición al partido socialista de toda la vida - nos encontramos dando la cara a Rosa Díez. La columna de Rivas expone muy concisamente esta unión a través de la comparación entre dos de sus figuras (femeninas): la Díez y Esperanza Aguirre. Este es el punto que me interesa comentar del artículo.
Las dos mujeres, se nos dice, son muy ambiciosas. Este no debiera ser un rasgo destacable ya que los políticos se distinguen por ser hombres y mujeres ambiciosos; a pesar de todo, sigue siendo un argumento que se esgrime contra ciertos políticos de diversos ámbitos, sobre todo cuando no están movidos - aparentemente - por grandes ideales de justicia (izquierda) o de orden (derecha). Además, la ambición de estas dos mujeres destaca por su estilo: sonríen con una "sonrisa política" en vez de despedazar a sus adversarios con mala cara. Intuyo que el estilo de la mala cara que babea sangre es un estilo no tan político, pero sí más honesto y humano al fin y al cabo, lo que nos lleva a considerar que hay una mala política - la de los ambiciosos trepas que ocultan sus intereses y sonríen a sus adversarios en el Parlamento o en la televisión - y una buena política - la de los hombres que verdaderamente quieren salvar el mundo, que sonríen a veces y se ponen serios cuando toca. Es importante recordar que esta contraposición entre la mala y la buena política lleva dos siglos corriendo de un lado a otro, es decir, de la derecha a la izquierda, sin ningún pudor: consiste en la deslegitimación de la política parlamentaria frente a la "verdadera" política que los "verdaderos" políticos (hombres y mujeres como tú y como yo) no consiguen realizar porque los otros les obstaculizan, lo que quiere decir que es un recurso que en último término se opone a la democracia parlamentaria tal y como la conocemos.
Pero tampoco Rivas quiere llegar tan lejos. Simplemente, lo suyo es una "broma" seria sobre la derecha española encarnada en dos sonrisas, la de Aguirre y la de Díez. Ya se sabe que, en este país, no puede funcionar la democracia parlamentaria mientras la derecha española no se reconvierta en otra cosa que nadie sabe qué es, puesto que los adjetivos "española" y "democrática" se excluyen mutuamente; por lo tanto, esto no hace falta explicarlo y a Aguirre se le dedica apenas una línea. El verdadero objetivo de la "broma" es, por tanto, Rosa Díez. Se establece primero la comparación con Aguirre. Se sigue después la comparación de sus sonrisas políticas con el padre de todas las sonrisas políticas: Aznar, un hombre que jamás se ha caracterizado por su simpatía y su aspecto agradable, pero que a efectos retóricos a Rivas le sirve. Finalmente, se da el golpe de gracia: Federico Jiménez Losantos alaba los huevos, los cojones, los ovarios, las pelotas, de ambas mujeres. Ya están, de este modo, deslegitimados los objetivos del partido de Díez, UPyD.
¿Y cuáles son dichos objetivos? El primero consiste en evitar que se rompa España, que como se ha dicho es un fantasma esgrimido por la derecha española desde tiempos inmemoriales. Del segundo no se acuerdan ni Rivas ni Rosa Díez. Pero, ¡Ah sí! Era la defensa inequívoca del Estado laico frente al marcaje clerical. Rivas no explica por qué cree que Díez se ha olvidado de este deseable objetivo. Lo único que nos dice es que el diabólico Federico defiende a la señora. Y esto, como sabemos, no puede ser nada bueno.
En resumen: el ruedo periodístico se sigue caracterizando por la total ausencia de argumentos que critiquen las estrategias políticas de los diversos partidos o de sus representantes. ¿Para qué explicarlo cuando podemos recurrir a "las amistades peligrosas" y a las comparaciones faciales? ¿Para qué molestarse en criticar las ideas políticas con las que no estamos de acuerdo, o los métodos que los políticos emplean para imponerse a sus contrincantes, cuando disponemos de la bella y justa literatura, que traspasa las verdades más hondas?

martes, 23 de diciembre de 2008

Memes...

Jose me ha ofrecido cortésmente que conteste a uno de esos memes que nos rondan por ahí, tentándonos a explorar los motivos por los que escribimos cosas en la red de redes. Y yo, francamente, guiada por el odioso espíritu navideño, voy a tratar de ser breve.

¿Qué te motivó a escribir un blog? Me apetecía. Estaba escribiendo la tesis doctoral, tratando de criticar algunas teorías políticas de la filosofía contemporánea, especialmente del pasado siglo, y me pareció apropiado hacerlo también "sobre la actualidad", en virtud de mi interés en el ensayo y el periodismo.

¿Consideras que escribes bien? Considero que no escribo mal, pero me gustaría hacerlo mucho mejor, y sobre todo con orden y claridad.

¿Cuál sería un adjetivo (o varios) para describirlo? Diletante.

¿Has pensado a veces que se ha vuelto una obligación? ¿Cuándo? No es una obligación porque no escribo todos los días, ni siquiera todos los meses.

Seguro que hay blog que no te gustan. ¿Cuáles? ¿Te atreves a mencionar uno en concreto y decir por qué? No leo los blogs que no me gustan. Eso sí, a veces los blogs que me gustan también me irritan. En general, me incomodan los blogs que hablan de la vida personal de aquel que lo escribe; pero, en concreto, leo algunos que son así, o que en parte son así, y los disfruto.

¿Comentas a veces por obligación? Comento cuando se me ocurre algo chispeante e inteligente que decir, lo cual ocurre poco.

¿Temes que un día tu blog deje de atraer a la gente y dejan de comentarte? Francamente, este blog no atrae a tanta gente como para que me dé miedo la rápida caída de su popularidad.

¿Cuál es tu post preferido de este año? Hay muchos. Ahora mismo me viene a la cabeza este de La revolución naturalista, o este, muy reciente, de Neoconomicón. Pero también me quedo con este, y con algunos del Diario de una joven maniática que me han hecho reír.

¿Cuál es tu Blogger preferido, no valen preferencias afectivas? Además de Arcadi Espada, que es un modelo de lo que espero leer en un blog, me quedo con Eduardo Robredo, autor de La revolución naturalista, y con Irene, autora de Chiaroscuro, con los que cada día aprendo y de los que admiro su capacidad expositiva. Pero también con ace76, que escribe un blog que siempre disfruto y que leo casi todos los días, Vivo en la Era Pop.

¿Qué crees que no serías capaz de escribir? No sería capaz de escribir nada sobre economía, por ejemplo. En realidad, no sería capaz de escribir sobre la gran mayoría de las cosas.

¿Piensas que un blog es una especie de terapia? No. En este punto estoy en completo desacuerdo con Jose. Lucho contra el blog-terapia, que me parece mentira.

Una pregunta que te gustaría contesten tus lectores: En verdad, no tengo ninguna pregunta concreta. Venga, sí: si consideran que este blog podría y debería desaparecer, porque su objetivo de ponerse a hablar ya se cumple eficazmente por medio de otros blogs.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Stalin, el pacificador

Los rusos ya piensan lo mismo que una parte de la izquierda española.

En el artículo dicen que los historiadores no saben hacerse entender por la gente normal. Les remito a la grandiosa obra de Alan Bullock - un historiador, y foráneo además - sobre Hitler y Stalin: vidas paralelas con objeto de comprender cuál es nuestro grado de normalidad.
Y eso que no somos rusos.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Aclaración sobre mi crítica a Almudena Grandes

Julián me ha pedido que aclare mi furibundo ataque a la Grandes, razón por la que he decidido hacerlo en una nueva entrada, ya que la primera era demasiado críptica. En primer lugar, reconozco no haber leído ninguna de sus novelas, pero no por falta de interés sino por falta de... eso, por falta. Sin embargo, Grandes fue invitada al simposio sobre "Memoria, narración y justicia" en calidad de literata y novelista, por cuanto su intervención vendría supuestamente a aclararnos la relación entre memoria e historia, y en particular entre memoria individual, memorias individuales (de donde quizá podríamos entresacar la memoria colectiva, como memoria de todos los españoles), e Historia escrita por los historiadores, documentada en eso que los historiadores llaman "archivo". El objetivo de la charla (es más, no sólo de la suya, de varias de las charlas de ese día) estaba, entonces, en iluminar el vínculo - tenso, pero necesario - entre los recuerdos del testigo (y de sus herederos, los nietos) y la recolección emprendida por el historiador, que escribe eso que se denomina, con un clarísimo desdén, "historia oficial": historia aceptada por el poder e historia aceptable por todos los oídos, o al menos por los que son cómplices con el poder o han heredado esa complicidad. Ese vínculo entre memoria e Historia es el único que puede hacer justicia a las víctimas. Y se pretende que esta misión la cumpla la literatura, frente a la Historia, puesto que nada mejor que la novela para recrear el punto de vista del testigo. Y esto, aparentemente, es lo que quiso hacer Almudena Grandes con la guerra civil española en su novela "El corazón helado".

Este es el punto de partida. Veamos ahora por qué se produce mi ataque, más bien mi indignación ante la intervención de Grandes. Por un lado, el panfleto es indigno no sólo porque el propagandista escribe mala literatura (eliminando la ironía y la ternura), sino porque distorsiona la verdad histórica - la de los hechos - en favor de una ideología que surte efecto en el presente. La misión del panfleto no está en iluminar los hechos dese el punto de vista del testigo, sino en movilizar a los nuevos combatientes, los de ahora (los nietos). En segundo lugar, porque el literato y novelista no puede ser "ideológico" ni "subjetivo" si realmente quiere hacer buena literatura; al contrario, tiene que darle carne a gente de todos los tipos y condiciones, gente que no es una mera proyección del novelista y gente que parece más que una idea en su cabeza. Ambas objeciones a la intervención de Grandes son secundarias: yo no he leído la novela, y ella afirmó no haber escrito un panfleto, además de que la cuestión "ideológica" y "subjetiva" es más bien de precisión lingüística y se podría arreglar leyendo la novela, más que escuchando su intervención.

Ahora bien, la tercera objeción es de calado, creo yo. No se puede reivindicar la memoria individual de todos los españoles acerca del episodio histórico de la guerra civil por medio de una reducción histórica del tipo siguiente: buenos contra malos, demócratas (buenos) contra fascistas (malos), de modo que la esperanza de hacer justicia se deposite exclusivamente en el reconocimiento de la maldad exclusiva de los malos. Es decir, en primer lugar, no se puede reconstruir literariamente la memoria ignorando el archivo de los historiadores, que nos enseña que había antidemócratas y asesinos en ambos bandos. Pero, en segundo lugar, un nieto no se puede arrogar la bondad de los abuelos y coger las armas contra aquellos con los que éstos lucharon. Un nieto no puede renunciar ni a hablar con sus abuelos ni a hablar con los abuelos de los otros; es decir, no puede renunciar a la verdad de lo que ocurrió en su país hace dos generaciones. La misión del historiador consistirá en documentarse y disciplinarse sólo en relación con la verdad (este bando ganó esta batalla en tal año, tales personas fueron ejecutadas en tal fecha por orden de este señor, etc.). La misión de cada ciudadano de este país, por contra, consistirá en estar informado acerca de los hallazgos de los historiadores, y en sentarse a hablar cada día con sus conciudadanos, que son hijos y nietos de aquellos que lucharon entre sí en la guerra civil. Y esto por una razón: porque no es igual de "oficial" la historia que se escribía durante la dictadura de Franco que la que se escribe en democracia, y porque precisamente en democracia no se puede renunciar a una discusión sobre los hechos.

Desde este punto de vista, la pretensión literaria de "reconstruir" el punto de vista del testigo con objeto de desmontar la "historia oficial" me parece, como mínimo, trivial. Y, como máximo, y a eso apuntaba en el título, me parece un intento de escribir una nueva historia oficial, tan propagandística y antidemocrática como aquélla que critica, con objeto de movilizar hoy a los lectores-votantes, nietos de bondadosos progresistas y de luchadores por la libertad o de asesinos y ladrones fascistas. Es decir, puro panfleto, escrito desde la convicción de que la literatura es más noble, más honesta, más honda que la realidad, simplemente porque puede dar voz a los verdaderos héroes, que ya ni siquiera están para decir nada o que quizá ni siquiera existieron.
Espero que esta vez todo haya quedado más claro.

La batalla de comunistas y católicos en torno al Cielo

Antonio Gramsci fue uno de los teóricos marxistas más importantes del siglo XX. Con este breve y grosero resumen de su papel intelectual (teoría, marxismo, siglo XX), no quiero hablarles de las ideas de Gramsci (algunas de ellas nada desdeñables, aunque discutibles) sino de un asunto muy de actualidad. Resulta que hoy nos dicen que Gramsci se confesó antes de morirse y besó una imagen del Niño. Lo dicen todos los periódicos, porque al parecer es una noticia importante, sobre la que cabe discutir mucho.
Lo más llamativo de todo esto no es, evidentemente, la insistencia del Vaticano en demostrar que los ateos marxistas, que tanto daño han hecho a la religión (o que tan buen servicio le han rendido, a la postre, en aquellos países en los que la prohibieron), finalmente se arrepienten y retornan a eso que se llama "la fe de su infancia". Es natural que un católico arda en deseos de comprobar que los insensatos no sólo se consumen en un esfuerzo inútil, sino que acaban por darse cuenta de ello a las puertas de la muerte, cuando saben que tienen que enfrentarse al juicio divino. Incluso puede decirse que, en algunos casos, se hace de buena fe; no queremos que nuestros seres queridos vayan al infierno, y ¿no es un héroe de nuestro tiempo, una figura relevante de la sociedad, una proyección de lo que hemos querido? Al menos lo es en algunos casos. Recordemos que Gramsci, además, pasó varios años en la cárcel en la añorada Italia de Mussolini, y murió poco después de salir en libertad, y tan joven.
Cosa distinta es el empeño de los compañeros de Gramsci en negar ese último acto de temor y temblor. Como si, al reconocerlo, las ideas y los argumentos de Gramsci sobre la sociedad y el poder se derrumbasen una a una, desmontadas no por los hechos sino por uno u otro crimen de conversión a la necesidad histórica. Gramsci se convirtió de vuelta al catolicismo y, acto seguido, no sirve nada: ¡horror! Finalmente, es cierto: ni a unos ni a otros les importa lo que dijo Gramsci sobre la sociedad o lo que hizo Gramsci en la sociedad de su época (la italiana de principios del siglo pasado), sino sólo aquello en lo que reculó ante la muerte, cuando su figura histórica acabó de perfilarse por completo y nos fue entregada calentita, lista para su manejo rápido por las masas de creyentes. Aquí tienen a Antonio Gramsci: comunista. Aquí tienen al nuevo Gramsci: hijo pródigo.

viernes, 21 de noviembre de 2008

La nueva historia oficial, o el soldado que se arma con la pluma

Hace un par de semanas, con ocasión de una charla sobre la enseñanza de Educación para la Ciudadanía en ESO, tuve la revelación de que seguimos viviendo en un país de beatos y anticlericales, donde, pese a mi carácter moderado y pacífico, tiendo más, inevitablemente, a situarme a veces junto a los que desearían quemar iglesias y romper ventanales. Sin embargo, ayer asistí, por razones que no vienen al caso, a un simposio sobre "Narración, memoria y justicia" en el que participaban la escritora Almudena Grandes y el estudioso de la literatura Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, entre otros; y eso me hizo volver al redil de los de la Tercera España, esos que mueren asesinados en todas las guerras.
Al parecer, Grandes fue invitada al simposio no sólo en calidad de novelista y académica, sino porque ha escrito una novela sobre el tema que nos ocupaba, El corazón helado. En su intervención, la escritora se remitió a la gestación de su novela, a su encuentro con un tema que no era sólo personal (ah, aquí aparece la memoria individual) sino colectivo, de todos los españoles o de gran parte de ellos. Almudena Grandes se acordó de su madre y, a partir de su madre, de su abuela.
Dejo de lado la noción de "memoria colectiva" que, desde siempre, me ha sonado muy sospechosa y fantasmal, pero veamos lo que dijo Grandes sobre el asunto. En particular, Grandes defendió que "la memoria es lo que empieza cuando termina la Historia", es decir, cuando los testigos mueren y la Historia "oficial" ya está escrita, e intentamos reconstruir los recuerdos de los que estaban con nosotros. En su caracterización del propio trabajo novelístico, afirmó que el novelista no puede ser "neutral" ni "objetivo", aunque no llegó a explicar qué entiende por neutralidad y por objetividad; al contrario, definió su tarea como "subjetiva" e incluso como "ideológica", porque cada escritor lleva sus ideas al texto y mira la realidad con ellas. Tengan en cuenta que la pobre se encontraba en un nido de filósofos y otros científicos sociales y humanísticos condenados a desvariar eternamente sobre la objetividad de la ciencia y la multilateralidad de la verdad, así que precisar estos términos hubiera sido cosa necesaria, aunque quizá sospechosa. En ningún momento nombró Grandes la imparcialidad, ese invento (de Homero, dicen) con el que un día los vencedores dejaron hablar a los vencidos.
A pesar de que calificó la tarea novelística de ideológica, Almudena Grandes también dijo que no quería escribir un panfleto: "el panfleto es mal negocio", dijo, ya que elimina cosas con las que a los novelistas les gusta trabajar, como la ironía y la ternura. ¿Y la verdad? A Grandes se le olvidó que el panfleto es mala literatura y mala historiografía porque es propaganda, distorsión de la verdad destinada a hacer mercado o vanguardia. Puede que este sea el núcleo de mi disgusto: el disgusto, el empacho que provoca la verdad. Porque Almudena Grandes continuó su charla diciendo que "quien no se haya enterado todavía de quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos, no se lo vamos a explicar ahora": aquello (el 36) fue una guerra entre demócratas y fascistas, y todo el mundo sabe de qué lado está. Esa es la verdad, entonces: una guerra entre demócratas y fascistas, que ahora ya no nos vamos a poner a explicar. Almudena Grandes nos invitaba a renunciar al argumento y a la explicación, pero no en nombre de la verdad sino del bien; a fijar, por fin, una historia nuevamente "oficial" (ese neutro), pero esta vez de parte de la flexible, tierna, irónica literatura.

domingo, 26 de octubre de 2008

Forrest Gump en el Tercer Reich

La publicación de Las Benévolas, de Jonathan Littell, escritor americano que escribe en francés, fue uno de los acontecimientos literarios del año pasado. La obra recibió el prestigioso premio Goncourt, y su traducción al español trajo consigo la inevitable fiebre publicitaria que arrastran ciertos fenómenos literarios de cuando en cuando. Las Benévolas suscitó reacciones muy diferentes entre los lectores eruditos, sin embargo, por no decir entre los lectores "famosos": Mario Vargas Llosa afirmó que la novela decía algo así como la última verdad humana que podía extraerse de los hechos históricos que tienen que ver con el totalitarismo nazi y con la organización del Holocausto; Alejandro Gándara o Fernando Savater, en cambio, aludían a las tediosas descripciones de la novela, e incluso a su falta de honestidad literaria en relación con los hechos que narra (Gándara, por ejemplo, la comparó desfavorablemente con Vida y destino, de Grossman, otra novela "sobre" el totalitarismo que arrasa toda la vida humana).
La lectura de Las Benévolas, con sus más de 900 páginas, me ha llevado aproximadamente un mes y medio, pero quería leerla entera por dos razones: porque, como saben, me interesa el "fenómeno totalitario" incluso en su variante de ficción, y porque en el fondo por detrás de todo ello están las palabras de Vargas Llosa sobre si quizá una obra de ficción puede llegar más hondo que la propia lectura historiográfica sobre el proyecto de destrucción de los judíos europeos, según el título que el historiador Raul Hilberg le puso a la Endlösung. La respuesta, a mi parecer y en lo que se refiere concretamente a Las Benévolas, no le da la razón a Vargas Llosa: es como si Littell se hubiera tragado todas las monografías sobre el nazismo y el Holocausto y las hubiera regurgitado en forma de libro de ficción, un poco al estilo de los novelones de antaño, que intenta atrapar el comportamiento deshumanizado de los nazis en sus múltiples variantes humanas, y sobre todo en una, la del protagonista que narra su propia historia, el jurista doctor Max Aue, oficial condecorado de las SS.
A lo que más me recuerda Las Benévolas es a una popular película americana que se llama Forrest Gump. Ésta intentaba extraer una lección moral sobre la América contemporánea, la de la lucha por los derechos civiles, Vietnam y Kennedy, hasta los años 80, a través de un personaje ingenuo para quien "la vida es como una caja de bombones" porque nunca sabes lo que te va a deparar. El "ingenuo" Forrest, que era casi una prolongación americanizada del idiota de Dostoyevski, sin su carácter mesiánico, atravesaba cada fenómeno histórico americano sin comprender y sin escuchar, con la misma mirada confiada y distante: iba a Vietnam, protestaba contra Vietnam, la gente tomaba drogas a su alrededor, recorría el mundo corriendo, y le decía a Kennedy que se hacía pipí delante de las cámaras de la tele (I got to pee); su novia se moría de SIDA, aunque nadie decía el nombre de la enfermedad. Algo así le ocurre a Aue, sólo que en la forma de un negativo perverso: como oficial SS, le envían al comienzo de la invasión contra Rusia a encargarse de las "acciones" de eliminación de los judíos que llevaban a cabo los Einsatzgruppe; Aue ni siquiera estaba convencido de esa necesidad, pero se va allí y se encarga de ello porque se lo mandan, convencido de que han emprendido una lucha a vida o muerte contra las nociones comunes del bien y del mal; en la sucesión de los acontecimientos, acaba en la lucha encarnizada por Stalingrado, de donde milagrosamente sale con vida (aunque herido en la cabeza); de Stalingrado pasa a Berlín, donde el mismísimo Himmler le otorga otra misión especial, que por supuesto le conduce a examinar y describir con profusión los KL (Konzentrazion Lager o campos de concentración) de Polonia, y en especial Auschwitz-Birkenau; Aue es testigo tanto de las selecciones para morir por gas como de los intentos de seleccionar para la "muerte por trabajo"; se va de cacería con Speer, ministro de trabajo, y de borrachera con Eichmann, cuyas escenas resultan especialmente sonrojantes ante el intento que hace Littell de "iluminar" la banal "humanidad" del monstruo que Hannah Arendt describió en Eichmann en Jerusalén (y es el vínculo con este documento el que convierte la descripción de Eichmann en un episodio sonrojante de la novela); no le falta tiempo tampoco para acabar, en los últimos momentos de la guerra, con la "evacuación" de los judíos húngaros, ni para asistir a las terribles "marchas de la muerte", cuando los nazis evacuaban a los judíos de los campos polacos ante la llegada de las tropas soviéticas y les obligaban a caminar descalzos y sin comida por el hielo hasta que morían en una marcha sin sentido y sin destino; las andanzas de Aue terminan en una Berlín despedazada por la que comienzan a entrar los soviéticos, entre cadáveres flotantes y ruinas del zoológico. Nuestro Aue tiene incluso la ocasión de acabar su relato tras un encuentro con el Führer en el búnker, unos días antes de su suicidio; Aue le muerde la nariz al Elegido del Volk en un ataque de locura, y este encuentro es casi tan revelador como el momento en el que Forrest le decía a Kennedy que tenía que irse a hacer pipí. Por las páginas de Las Benévolas desfila todo lo que alguna vez quiso saber sobre el Holocausto y nunca se atrevió a preguntar: Speer y Himmler, Eichmann y Höss, Bormann y Kaltenbrunner, los tiros en el bosque y los gaseamientos y las fábricas, incluso Aue cruza sus pasos, siquiera tangencialmente, con Jünger en Rusia, y menciona al Kronjurist Carl Schmitt, y hasta el filósofo Heidegger se cuela en alguna conversación sobre la naturaleza del Volk. Todo este realismo, con su profesión de detalles, se combina con una descripción cada vez más delirante que trata de demostrarnos la locura y el absurdo de la empresa nacionalsocialista: hay momentos que parecen sacados no de Forrest Gump sino de una película de James Bond, donde el terrible y omnipotente líder en la sombra acaricia un gato dorado (lo que quizás recuerde más al Inspector Gadget de mi infancia), mientras le rodean una docena de amazonas rubias que se parecen demasiado entre sí. Flatulencias, diarreas, sesos aplastados, vomitonas, alcohol e incesto: todo ello podría dar lugar, sin duda, a una película francesa, pero en conjunto no dice demasiado sobre el Holocausto o sobre el totalitarismo nazi, y desde luego no dice nada que no hayan dicho las quinientas monografías sobre el Holocausto de una manera mucho más terrible, menos tediosa y quizá más enigmática.
En resumen, se trata de una novela legible que rezuma su propia novelización, cuyo fin parece consistir en demostrar la frase célebre, y también frívola, de Adorno: no puede hacerse poesía después de Auschwitz. Pero sigue haciéndose mala poesía con ello.

martes, 7 de octubre de 2008

La naturaleza humana, según Spinoza

Es ley universal de la naturaleza humana que nadie descuide aquello que le parece bueno, a no ser con la esperanza de mayores bienes o el temor de males mayores, ni que sufra algo malo sino para evitar daño más grave o con la esperanza de bienes más provechosos; esto es, cada cual elige entre dos bienes aquel que le parece mayor, y entre dos males aquel que le parece ser más pequeño. Digo expresamente que se elija el que parece mayor o menor, porque no es necesario que las cosas sucedan del mismo modo que se piensan.
(Spinoza, "Tratado teológico-político", Capítulo XVI; el subrayado es mío).
Así fundamenta Spinoza el paso del estado natural de los hombres al estado civil o político, y así comienza, entonces, su enmienda a Hobbes, que había fundado el Estado en una ruptura total con la naturaleza, dominada por el miedo. El miedo y la esperanza, dice Spinoza, frente al miedo y la vanidad, que dijo Hobbes. La distinción comienza a dibujarse en la visión del poder natural de la naturaleza (humana), en contra de su impotencia: es la guerra hobbesiana de todos contra todos o la paz spinoziana, civil y colaboradora, de "la potencia de todos juntos". Y aquí, en efecto, se da el tour de force que tanto molestará a los pensadores posteriores no ya de Hobbes, sino del ateo Spinoza.
Próximamente, intentaré decir algo más articulado, siquiera un poco más articulado sobre la interpretación reaccionaria de Hobbes y Spinoza, e incluso sobre éstos mismos, si a ustedes les interesa.

sábado, 16 de agosto de 2008

Let's go to the gym!

Algunos dedicamos agosto, el mes tonto, al espíritu olímpico. Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Yo nací en el Meditarráneo en 1976, el año de Nadia Comaneci. Aunque soy de diciembre, nunca me han gustado los juegos del invierno. Mi madre debió de emocionarse mucho viendo a la Comaneci lograr su perfect ten.
Sin embargo, mi gimnástico bautismo tuvo lugar en 1988, en Seúl, desde la tele gorda y fea de mi antigua casa. Allí caí rendida a los pies no sólo de Elena Shushunova y de Daniela Silivas, las dos rivales que venían del frío, sino de Svetlana Boginskaya, que tenía una mirada trágica y una plasticidad turbadora, o era quizá a la inversa. La cuestión es que Boginskaya no llegó a ser campeona olímpica, a pesar de que sus ejercicios en suelo estaban entre lo más cautivador que he llegado a ver sobre fondo azul.
Boginskaya volvió en Barcelona 92, con aquel extraño equipo unificado de la URSS en descomposición. Comenzaba el reino de las cheerleaders americanas y de los infantiles robots chinos, bajo cuya autoridad todavía nos encontramos cuando encendemos la tele en agosto, de madrugada. No sé por qué razón los totalitarios soviéticos y rumanos consiguieron llevar a sus gimnastas a aquellas alturas de belleza, pero luego nos dicen que la ética y la estética son lo mismo o que coinciden y yo no acabo de verlo por televisión: la precisión elegante era de las soviéticas y el ritmo desbordante de las rumanas, un combate de dibujos en el aire del que los actuales ejercicios de músculos y monerías - que las americanas han llevado a su máxima expresión peleando con las chinas - es únicamente un reflejo demacrado. El duelo de Silivas y Shushunova en Seúl no tiene igual ni ha vuelto a ser contemplado.
Aquí, la alegre Silivas en suelo: http://www.youtube.com/watch?v=mRQUx3V73zs
Aquí, la sobria espectacularidad de Shushunova, que ganó el oro: http://www.youtube.com/watch?v=mRQUx3V73zs
La victoria de Nastia Liukin ayer no puede emular las antiguas glorias de la gimnasia, pero se acerca. ¿No creen?